Sinembargo yo estaba interesada en otra realidad, otras injusticias lejanas y mi obsesión era un preso político, Nelson Mandela, que llevaba preso casi tanto tiempo como yo llevaba viva.
Si la existencia del muro de Berlín había sido mi obsesión de niñéz: ¿Una pared que divide una ciudad, cómo es posible? Mandela se convirtió en mi obsesión de adulta. Ganada la Revolución en Nicaragua, lo del apartheid en Sudáfrica me parecía la urgencia más grande del mundo.
¿Cómo podía yo irme a dormir todos los días sabiendo que en ese país seguían pasando cosas como las que yo había visto en la tele, en los años 5o en los Estados Unidos? Y estábamos en el siglo 20 y los sudafricanos blancos viajaban -yo había conocido a uno cuando vivía a Barcelona- y podían ver que vivían en un total anacronismo. ¿Cómo vivir indiferente a lo que allí pasaba?
El calendario de mi oficina en el Centro de Información de las Naciones Unidas en Managua, estaba marcado por las celebraciones africanas: el dia de Soweto, el dia de las mujeres de Soweto, el dia de la SWAPO, etc. y yo me dediqué a recorrer los colegios y universidades de la Nicaragua revolucionaria con el proyector y los rollos de películas que hablaban sobre la lucha de Mandela, que explicaban la mentalidad del "rand", la resistencia de su mujer Winnie, el levantamiento de Soweto -un lugar tan parecido físicamente a los asentamientos de Managua y sin embargo, tan lejano- y por extensión la lucha del SWAPO por la liberación de la vecina Namibia.
Nadie me hacía caso. La realidad del país, la guerra de la contrarevolución, las necesidades, los racionamientos de gasolina, hacían que las aspiraciones del Africa austral, no le interesaran a nadie en Nicaragua. Es como cuando uno está enfermo, que se vuelve egoista y es incapáz de pensar en las necesidades de los demás.
Me tocó nutrir solita mi obsesión. Cuando estaba a punto de terminar mi tésis de maestría en USA en el 88, me ofrecieron ir con la ONU a trabajar en la organización y la supervisión de las elecciones en Namibia. De Namibia a Sudáfrica...¡un paso! Sin embargo dije que no, con todo el dolor de mi alma. Irme significaba dejar la tésis y por lo tanto mi grado sin terminar. No graduarme. Durante muchos años me he convencido de haber hecho lo correcto: si me hubiese ido, no hubiese vuelto a Nicaragua, no hubiese conocido a mi marido, no tendría hoy a mis hijos.
A pesar de mis afectos que son muchos, de mis hijos y mi marido a los que adoro, de mi vida inesperada pero feliz, son muchas las veces que he repasado el momento en que tomé esa decisión como una película y con mucha nostalgia. Lo que pudo ser y no fué. No me atrevo a comparar ni a elucubrar sobre lo que haría si la vida me diese otra vez esa oportunidad. Esa es una segunda oportunidad que estoy segura que no voy a tener y he aprendido a vivir con esa decisión. Es lo que toca hacer.
En Febrero de 1990 soltaron a Nelson Mandela y nadie me hizo caso cuando llegué toda contenta a la oficina. En Nicaragua estábamos todos pendientes de las elecciones, en las que luego saldría derrotada la Revolución. Un mismo mes para pasar de la más sincera alegría a la más profunda de las tristezas.
A principios del verano de 1993 nació mi hija mayor. En diciembre del mismo año mientras yo me preparaba para viajar a Managua desde Rio con mi bebé, le daban a Mandela el premio Nóbel en Oslo. Un buen año.
El próximo 18 de Julio de 2008, el mismo día del aniversario del fallecimiento de mi padre y un dia antes del aniversario del triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua, Nelson Mandela cumplirá 90 años. Yo ahora soy una mamá de tres hijos buscando conseguir algún tipo de trabajo en Noruega. No puedo si no soñar en ver a Mandela de cerca, me toca verlo por la tele, leerlo en sus libros y sentirme dichosa "by proxi" porque conozco a alguien que se ha sentado con Mandela, que le ha visto, lo ha tocado y le ha oído hablar.
Por muy bien que esté su presión arterial, 90 años son 90 años y mi vida no tiene visos de cambiar mucho hasta al punto que pueda ser yo una de las personas que tenga el privilegio de saludar a Mandela algún dia en un futuro cercano. Aunque él se vaya antes que yo, soy yo la que me voy a morir sin verlo.
Me consuela pensar que hemos vivido al mismo tiempo y que a pesar de la distancia, Nelson Mandela ha sido durante los últimos veinte años, una noble y constante presencia en mi vida.
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