Sunday, August 07, 2022

Memorias botánicas

 Acabo de volver de una semana en Tilos, una isla griega en el Egeo, fuera del circuito turístico.  En Tilos no hay ciudad, ni ruinas de antiguas civilizaciones, lo mas viejo son unos senderos por las montañas construidos con dinero del Plan Marshall.

Tilos tiene playas rocosas de aguas transparentes, montañas pelonas de paisajes áridos. algunos olivos, cabras y al nivel del mar, plantas, muchas plantas.

Nunca me han interesado los jardines, aunque siempre que visito jardines botánicos quedo encantada, pero no tengo esa fascinación, ni la paciencia necesaria para esperar que las ramas o semillas se conviertan en plantas.  

En Tilos no pude dejar de ver las plantas que curiosamente me transportaron a otro lugar y otra vida en mi nativa Nicaragua.  El hotel cubierto con las veraneras que formaban el muro verde de mi casa, las escaleras llenas de las flores rosadas caídas que se barrían mañana y tarde del garaje. Los "paragüitas" un arbusto que parece una palmera estilizada que mi mamá tenía en el patio delantero de la casa y en un ricón de la terraza rodeando a un ídolo de piedra. 

Multitud de "narcisos" una planta con hojas picudas y flores, blancas, rosadas, naranjas que crecen en racimos, que me recordaron los muros de las casas en Poneloya. Pencas, lenguas de suegra, y todo tipo de suculentas, plantas capaces de sobrevivir con poca agua, agarradas a las rocas.

Como me estaba acordando de plantas, me acordé de un árbol de sacuanjoche de flores blancas que existía en el patio delantero de la casa de Managua, con una rama baja, horizontal que me servía de banca y donde recuerdo haber leído y aprendido de memoria poemas del libro El Cisne Blanco con la Cola Morada, de José Modesto Valle, un poeta humorístico de Nicaragua: "Ya ves, ya ves, primer negro que no habla inglés". 

Y del sacuanjoche pasé al chilamate en la parada de bus al lado de mi casa; a los cipreses altísimos del Canal Dos a donde voló una lora parlanchina, muy querida por mi mamá,  el 20 de noviembre del 75 -el mismo dia que murió Franco-. Recordé los palitos de limones, que en realidad eran limas que mi amiga Patricia y yo trepábamos porque uno de ellos tenía una rama que parecía la barandilla de un balcón, y nosotras chiquitas soñábamos con una casa de alto. Debajo de esos limones y los palitos de chile congo para el chilero, están enterrados por lo menos tres perros de la familia. 

Recordé también el velillo que cubría la pared del tendedero, el palo de aguacate que planté y que nunca dio y el árbol de mango con aquellos mangos enormes, que hacían goteras en el techo y que mi papá se comía con cuchara. Y, por supuesto, el higo... el dador de los higos en miel que le preparaban a mi papá y que él intentó sin éxito que yo probara diciéndome que cuando uno se moría, San Pedro la esperaba a una con un plato de higos en miel en las puertas del cielo. 😂

Y así me voy dando cuenta que aunque no me interesen las plantas, ocupan un lugar importante en mi memoria, ¿como olvidar las hortensias de La Nubes, o los corteses de la carretera a Poneloya?

1 comment:

plumablanca said...

Bravo Lavinia, siempre me gustó tu prosa y la maravillosa memoria para fabular tu infancia.