El viernes pasado me fuí de excursión al interior. Vivo al lado del mar y aunque aquí los bosques llegan prácticamente al borde del agua, el otoño no se vé como se ve en el interior.
Espectacular el colorido, todas las posibilidades del amarillo, del naranja, de los rojos y también del verde, resistiéndose a cambiar.
Me vino a la cabeza que vivo en el pais de Playmobil. Todo orden, todo cuido. Como las granjas que construíamos mis hijos y yo -bueno, mas yo- con sus graneros rojos, la casa blanca con cortinitas de encaje en cada ventana, con velas encendidas en cuanto cae la tarde, las cercas perfectas. Todas las pacas de hierba ordenaditas, empacadas en los plásticos blancos como mashmellows gigantes, sobre las colinas perfectas, segaditas. La naturaleza tan amenazante con esas montañas imponentes y esos valles tan profundos, total y absolutamente domesticada. Los aperos de labranza como nuevos -¿no se oxidarán aquí los tractores?-, las vacas limpias, las ovejas bien peinadas apurando a toda velocidad los últimos rayos de sol de los últimos dias antes de entrar al establo.
Vaya contraste con mi pobre pais, Nicaragua, donde reina el reciclaje. Allí las llantas viejas son columpios, los barriles de diesel, lavanderos al aire libre. Allí no se bota nada y se rescata todo lo aparentemente inservible. Allí lo viejo se conserva hasta que termina hecho añicos o harapos...y se colecciona al aire libre porque dentro de las casas con costo hay sitio para la gente. Las fincas allí son caóticas, los caballos y las vacas se saltan las cercas florecidas, las casas son de colorines y los muebles de jardín son piedras y troncos, hamacas y ramas de malinche cuyas vainas le explotan a una en la cabeza. La naturaleza aparentemente benévola -el calorcito, el sol constante, los cielos limpios- es en realidad irredenta, sólo se están echando la siesta, esperando el momento de desencadenar su furia en el próximo aguacero, el próximo huracán o el siguiente terremoto.
Esa imágen del trópico lustroso, caliente y brillante me viene a la cabeza mientras voy por estos paisajes brumosos, indudablemente imponentes, pero silenciosos, sin amenaza. Calladitos como la gente que los habita. Los noruegos son parcos en palabras. Hablan con un propósito y son los artistas del silencio. Un silencio respetuoso, honrado, sin dobleces. Puede que distante, frio y desinteresado, pero ¿quién soy yo para imaginarme lo que pasa por las cabezas rubias de los habitantes de este pais tan bien amueblado?
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